Las malas pasadas que juega la Leche. La intolerancia a la lactosa...
El Mercurio, 5 de Noviembre de 2003 Salud

La intolerancia a la lactosa afecta a cerca de la mitad de los chilenos con síntomas como dolor abdominal, distensión y diarrea.

Mientras los suizos se vanaglorian produciendo jabones de leche que emulan las excentricidades de Cleopatra, millones de ciudadanos en el orbe-en Chile aproximadamente el 50% de los adultos- deben tomar distancia de este líquido blanco. Y no porque desconozcan sus profusas bondades nutricionales, sino porque no toleran uno de sus componentes: la lactosa.

Este azúcar contenido en la leche es el culpable de que vivan bajo el acoso de molestos retortijones, gases impertinentes e inoportunas carreras al baño.

¿Qué ocurre en los recovecos del intestino en presencia de la leche? Según explica el gastroenterólogo Juan Francisco Miquel, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, la lactosa es un carbohidrato disacárido, es decir, compuesto por dos azúcares, que para ser absorbido por el organismo requiere ser desdoblado en los dos ingredientes originales al interior del intestino delgado.

Si esto no ocurre, la lactosa llega como tal al intestino grueso, las bacterias que alojan en él la aprovechan y viene entonces la debacle: cambios en la acidez, generación de hidrógeno, diarreas, dolor, distensión abdominal, meteorismo. Disfraz de colón

Una enzima que reposa en el intestino delgado, la lactasa, es la encargada de descomponer la lactosa para ser absorbida por el organismo. Sin embargo, dos razones pueden boicotear esta acción: las patologías del intestino- infecciones virales, alergias como la enfermedad celíaca y atrofias que restringen la presencia de la enzima- y la ausencia o escasez de la lactasa, por condicionamientos genéticos.

“Al nacer hay una muy buena función de la enzima- salvo casos muy excepcionales- , pero ésta puede empezar a disminuir en la adolescencia o durante la etapa de adulto joven, según la programación genética del individuo”, explica el doctor Miquel.

La condición puede estar disfrazada de colón irritable, por lo que quienes sufren a causa de él deberían estar atentos a sus reacciones a la leche, ya que pueden tener problemas con la absorción de la lactosa en forma concomitante.

Existe una forma certera de constatar si efectivamente hay problemas para absorber el azúcar de la leche. Se trata de un examen simple, aunque largo- entre una hora y media y cuatro-, que mide la producción de hidrógeno en el organismo a través del aliento. En ayunas, el paciente toma una cantidad determinada de lactosa, después de lo cual debe soplar en una bolsa; el contenido se inyecta luego en una pequeña máquina que no hace otra cosa que medir la cantidad de hidrógeno. La operación se repite en distintos momentos y así se logra obtener una curva.

Confirmado el diagnóstico, solución hay sólo una: restringir total o parcialmente la leche y sus derivados, especialmente el queso, que contiene gran cantidad de lactosa. El yogur, que tiene menos, tiende a ser mejor tolerado.

Las molestias dependen de la cantidad de enzima con que se cuente y de cuánto se sobrecargue el intestino con lácteos. Por eso, cada paciente debe ir aprendiendo individualmente a conocer sus límites.

El mercado ofrece alternativas de leche sin lactosa, que conserva las demás propiedades del alimento. Quienes no se sienten seducidos por esta opción deben preocuparse de obtener el calcio de otras fuentes, como las carnes y verduras, o bien a través de suplementos.

Cuestión de raza Hay razas más predispuestas que otras a absorber mal la lactosa en la edad adulta. Mientras los nórdicos observan este problema en el 2% al 10% de su población, entre el 85% y el 97% de los asiáticos padece tal condición.

La población nativa de América que no tolera la lactosa esta también en torno al 80%, mientras los europeos del sur bordean el 30%; así se explica que la combinación de razas, como en el caso de la población chilena, presente una frecuencia de esta condición de alrededor del 50%.




 
 
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